La mujer del comedor social

Por: Ana Isabel González Peixoto


Siempre has vivido enganchada al dolor, entraste en la madurez con la firme convicción de ser una desgraciada víctima de las circunstancias abocada al desastre y a la injusticia social. Justo al nacer, tu piel decidió mimetizar esa tonalidad sucia de tu cara, con la del sufrimiento que impregnaba las paredes del hospicio donde llevaron a tu madre para parir; no, en paz no, sólo para sacarla de la calle, porque allí no era bienvenido un espectáculo tan ruin: demasiado doloroso para una ciudad en la que hay que esconder los trapos sucios. A lo largo de todos esos años de existencia absurda, convertida en un saco de necesidades, has logrado sobrevivir a costa de terquedad. Hoy contaré tu historia, lo haré aunque ya estás muerta.

Lo supe ayer al ver tu nombre en la prensa. No es una noticia con el rango suficiente para estar en primera plana, eso sí, no han faltado ignominias traperas para definir tu estilo de vida, no lo tomes a mal, han de mantener a salvo su ego y recordar a los ciudadanos que la suya sigue un riguroso orden establecido.

Te conocí hace años, todavía en tu juventud. Entraste con tu viejo carrito de la compra forrado de bolsas plásticas. Estabas muy delgada y pálida, tus ojos, grandes y oscuros, parecían dibujados en perfecta sincronía con tus facciones, tenías la cabeza rapada con la cara llena de piercings y usabas esas chaquetas holgadas que todavía afinaban más tus huesos. Cuando entrabas, el comedor parecía irradiar un aire a maestría, a milagro, a paz. A nadie le importaba tu olor porque como tú, su aura era el de la vida en la calle, de las camas improvisadas en los portales y el de la soledad.

Un tiempo atrás, llegaste a pensar que la vida te daba una oportunidad. En el hospicio se quedaron contigo y allí, creciste creyendo que la vida no era más que esa verdad, la tuya, por lo tanto era perfecta. Todavía eras muy joven cuando te enamoraste, lo hiciste rotundamente, de una forma casi obscena en un mundo y un lugar en que los sentimientos se lo piensan dos veces. Aquello era un amor adulto, de los que no dan opción, y entonces te rendiste a la comodidad de un mundo desconocido para ti, un hogar con él.

Duró poco, sólo cuatro palizas, dijiste un día; y yo no te creí porque tu cuerpo se doblaba hacia delante con el peso de muchas más. Te hiciste fuerte, susurraste en otra ocasión; siempre lo fuiste, pensé yo. Es lo único que hice por ti, pensar.

Él era un hombre amable con todos, menos contigo. Al principio creías que aquello era amor, que te quería sólo para él y te estaba enseñando a crecer. Sin estudios no sabías nada de la vida y querías aprender. Te encerraste en su cárcel de odio y de rencor. Su familia se avergonzaba de ti, herían una y otra vez a la persona que eras, juzgaban lo que ellos tenían miedo de llegar a ser y que no sabían que ya lo eran, ignorantes.

Denunciaste aquello con tu piel parda que daba demasiadas señales de tu procedencia. No hubo forma de convencer a nadie. Y entonces, sin miedo, te fuiste. Encontraste la libertad en la calle, en los contenedores de basura y en la idea de morir de frío sin darle la oportunidad de que te matara.


#hombresyalgunasmujeres

Créditos imagen: Diego Cousillas Delgado – Pintor

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